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El catolicismo enseña que si una persona cree tener la seguridad de que irá al cielo cuando muera, comete el pecado de presunción: "Hay dos clases de presunción. O bien el hombre presume de sus capacidades (esperando poder salvarse sin la ayuda de lo alto), o bien presume de la omnipotencia o de la misericordia divinas (esperando obtener su perdón sin conversión y la gloria sin mérito)" (p. 580, #2092). Al tomar esta posición, la Iglesia Católica una vez más se opone a la Palabra de Dios: "Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna, y para que creáis en el nombre del Hijo de Dios". Deténgase por un momento y piense: Si hay un lugar llamado cielo, un paraíso maravilloso que nuestra imaginación no alcanza a comprender, y si hay un lugar de tormento eterno llamado infierno, ¿no nos diría el Dios amoroso cómo obtener el cielo y evitar el infierno? ¿Permitiría Dios que viviéramos toda la vida sin saber cómo escapar de las llamas del infierno y sin la seguridad de que disfrutaremos del paraíso con El? ¿Cree que el Dios de amor diría: "Haz todas las obras buenas que puedas, luego cruza los dedos, y espera poder alcanzar lo mejor cuando algún día tengas que estar delante de mí"? ¡No, eso no es amor, sino tortura! Es crueldad de la peor clase. Un Dios de amor nos daría un plan claro y simple, para explicarnos cómo evitar ese terrible lugar de tormento y para darnos la seguridad de que iremos al cielo. Y El nos dio ese plan: "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna". La Biblia declara que todos los que reciben a Cristo por fe y ponen su confianza en El, pueden estar seguros ahora de que tienen vida eterna: "El que cree en el Hijo tiene vida eterna; pero el que rehúsa creer en el Hijo no verá la vida, sino que la ira de Dios está sobre él". No es pecado afirmar que usted irá al cielo si ha nacido en la familia de Dios por medio de la fe en Cristo. La seguridad de la salvación es un hecho bíblico y una preciosa promesa del Señor Jesucristo. Nunca es presunción creer en lo que Dios dice. De hecho, Dios se alegra cuando creemos en El: "Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano". El Señor desea que sus hijos confíen en que han nacido en la familia de Dios, y que tienen su destino eterno asegurado: "De cierto, de cierto os digo: El cree en mí, tiene vida eterna". La promesa no dice que algún día usted podrá tener vida eterna, si hace suficientes obras buenas. Usted puede tener vida eterna ahora mismo. Esta es la voluntad de Dios. Jesucristo dijo: "Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquel que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero". Pablo no consideró presuntuoso declarar que él iba camino al cielo: "Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor". Apreciado amigo católico, ¿no comprende que esta doctrina lo mantiene esclavo? La Iglesia Católica no desea que usted sepa que su destino eterno ya está asegurado, porque entonces ya no necesitaría a la iglesia. Cuán trágico es que los católicos vivan en sujeción, sirviendo a la iglesia con la esperanza de ganar el cielo, cuando el deseo de Dios es que usted tenga ahora la seguridad del cielo: "En la esperanza de la vida eterna, la cual Dios, que no miente, prometió desde antes del principio de los siglos".
Para tener la seguridad de la vida eterna, usted debe nacer de nuevo: "Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios". Para nacer de nuevo, debe recibir por fe a Jesucristo como su Salvador personal y confiar sólo en El para su salvación. Cuando lo haga, usted nacerá en la familia de Dios. "Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios". Desde el momento en que sea parte de la familia de Dios, llegará a ser coheredero con Jesucristo: "Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo". Como heredero, no tiene que preocuparse de su futuro. Dios le prometió: "Una herencia incorruptible, incon-taminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros". ¿No es hermosa esta promesa? En los cielos ya está reservada una herencia eterna para quienes llegan a ser hijos de Dios. A los que confiaban en él, Jesucristo les dijo: "En la casa de mi Padre muchas mora-das hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros". ¿Ve usted la verdadera naturaleza de Dios? El le ama y desea que sepa que no es presunción creer en su Palabra y confiar en su bondad. Dios le ama y desea que usted sepa que tiene vida eterna... ¡ahora mismo!
Dios no desea que esté sujeto a una religión de obras. El quiere tener una relación personal con usted, basada en la maravillosa gracia divina. Dios no desea que viva preocupado, preguntándose dónde pasará la eternidad. Pida a Dios que le abra los ojos para ver esta asombrosa verdad. Luego, reciba a Jesucristo diciendo de todo corazón una oración similar a la siguiente: Amado Padre celestial: Si dijo esta oración de todo corazón, Dios ha prometido que ahora usted es Su hijo, y tiene la garantía de que cuando muera, irá al cielo.
No es presunción creer en lo que Dios promete. Eso se llama fe. Cuando Jesucristo estuvo en la tierra, dio esta promesa a todos los que creían en El: "Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis". Confíe en Jesucristo ahora mismo. Se alegrará de haberlo hecho. "Porque Jehová ama la rectitud, y no desampara a sus santos. Para siempre serán guardados; mas la descendencia de los impíos será destruida". Conozcamos el Catolicismo Romano © 1995 por Rick Jones Reproducido con permiso. |