Extracto de "50 Años en la Iglesia de Roma", páginas 77-80

Copyright © 1985 por Jack T. Chick. Reproducido con permiso.

CAPÍTULO XVI

Hay varias ceremonias imponentes en la ordenación de un sacerdote. Nunca olvidaré el gozo que sentí cuando el Pontífice Romano, presentándome la Biblia me ordenó con voz solemne a estudiarla y predicarla. Esa orden traspasó mi alma como un destello de luz. Sosteniendo el libro sagrado, acepté el mandato con gozo inefable, pero sentí que me cayó una piedra de rayo cuando pronuncié el terrible juramento que se requiere de todo sacerdote: “Nunca interpretaré las Santas Escrituras, excepto según el consenso unánime de los Santos Padres.”

Muchas veces los otros alumnos y yo habíamos discutido ese juramento extraño. A solas en la presencia de Dios, mi conciencia se echaba hacia atrás en terror ante sus consecuencias. Pero yo no era el único que examinaba su evidente naturaleza blasfematoria.

Aproximadamente seis meses antes, Stephen Baillargeon, uno de mis compañeros de teología, dijo a uno de nuestros superiores, el Rev. Sr. Raimbault: —¡Una de las cosas que mi conciencia no puede reconciliar es el juramento solemne que tendremos que jurar a nunca interpretar las Escrituras, excepto según el consenso unánime de los Santos Padres! ¡No hemos dedicado ni una sola hora todavía al estudio serio de los Santos Padres. Conozco a muchos sacerdotes y ninguno de ellos jamás ha estudiado a los Santos Padres!

—En el nombre del sentido común, ¿Cómo podemos jurar que seguiremos las opiniones de hombres de quienes nada sabemos y de quienes nada sabremos excepto por simples rumores vagos?

Nuestro superior dio una respuesta débil, pero su desconcierto creció cuando yo dije: —Si me permite, señor superior, yo tengo algunas objeciones más formidables. Quiera Dios que pudiera decir que no sé nada de los Santos Padres. Pero mi pesar es que ya sabemos demasiado de los Santos Padres para estar exentos de perjurarnos cuando juramos a no interpretar las Santas Escrituras, excepto según su consenso unánime.

—Por favor, señor superior, díganos, ¿Cuáles son los textos de las Escrituras en que están unánimes los Santos Padres? Usted se respeta demasiado para responder. Y si usted, uno de los hombres más instruidos de Francia no puede poner su dedo en los textos de la Santa Biblia y decir, “Los Santos Padres están perfectamente unánimes en estos textos”, ¿Cómo osamos jurar delante de Dios y los hombres a interpretar cada texto de las Escrituras solamente según el consenso unánime de esos Santos Padres?

—Las consecuencias de ese juramento son legión y cada una de ellas me parece ser la muerte de nuestro ministerio y la condenación de nuestras almas. Henrión, Berrault, Bell, Costel y Fleury, todos nos atestiguan que la Iglesia se ha llenado constantemente del ruido de las controversias de Santos Padres contra Santos Padres. Algunos dicen, junto con nuestros mejores teólogos modernos, Santo Tomás, Bellarmine y Ligorio que tenemos que matar a los herejes como matamos a las bestias salvajes, mientras muchos otros dicen que tenemos que tolerarlos. Todos ustedes saben el nombre del Santo Padre que manda al infierno a todas las viudas que se casan por segunda vez, mientras otros Santos Padres no están de acuerdo.

—Algunos tienen ideas muy distintas acerca del purgatorio. Otros en Africa y en Asia rehusaron aceptar la jurisdicción suprema del Papa sobre todas las iglesias. ¡Varios se reían de las excomulgaciones de los Papas y gustosamente murieron sin hacer nada para reconciliarse con él! ¿No llegamos a la conclusión de que San Jerónimo y San Agustín coincidieron en una sola cosa: de estar en desacuerdo sobre cualquier tema que trataran? San Agustín, al fin de su vida, concordó con los Protestantes de nuestros días que “sobre esta roca” significa Cristo solamente y no Pedro.

—Y ahora ustedes nos piden en el nombre del Dios de Verdad a jurar solemnemente que interpretaremos las Escrituras solamente según el consenso unánime de aquellos Santos Padres que han sido unánimes en una sola cosa: de nunca estar de acuerdo el uno con el otro y a veces ni con ellos mismos.

—Si requieren de nosotros un juramento, ¿Por qué ponen en nuestras manos la historia de la Iglesia que ha saciado nuestra memoria de las interminables divisiones feroces sobre cada cuestión que las Escrituras presentan a nuestra fe?

—Si soy demasiado ignorante o estúpido para entender a San Marcos, San Lucas y San Pablo, ¿Cómo seré suficientemente inteligente para entender a Jerónimo, Agustín y Tertulian? Y si San Mateo, San Juan, y San Pedro no han recibido de Dios la gracia con suficiente luz y claridad para ser entendidos por hombres de buena voluntad, ¿Cómo es que Justin, Clemes y Cipriano han recibido de nuestro Dios un favor que El negó a sus apóstoles y evangelistas? Si no puedo depender de mi juicio privado para estudiar, con la ayuda de Dios, a las Escrituras, ¿Cómo podré depender de mi juicio privado al estudiar a los Santos Padres?

—Este dogma o artículo de nuestra religión por el cual tenemos que ir a los Santos Padres para saber “Así dice el Señor” y no a las mismas Santas Escrituras, es para mi alma como un puño de arena arrojado en los ojos. ¡Me ciega totalmente!

—¡Qué alternativa tan espantosa tenemos! O tenemos que perjurarnos, jurando seguir una unanimidad de fábula para permanecer católico-romano o tenemos que sumergirnos en el abismo de impiedad y ateísmo al rehusar jurar que nos adheriremos a una unanimidad que nunca existió.

Era evidente durante la clase que habíamos expresado el sentir de cada uno de los alumnos de teología. Pero nuestro superior no se atrevió a confrontar ni a contestar ni un solo argumento nuestro. Su desconcierto fue superado sólo por su gozo cuando la campana anunció el fin de la clase.

El prometió respondernos, pero al día siguiente no hizo más que echar polvo en nuestros ojos e insultarnos hasta quedarse satisfecho y empezó por prohibirme leer más de los libros controversiales que yo había comprado y tenía que entregar otros libros que me habían permitido leer como privilegio. Se decidió que mi inteligencia no era suficientemente clara y que mi fe no era suficientemente fuerte para leer esos libros. Lo único que pude hacer era inclinar mi cabeza bajo el yugo y obedecer sin decir nada. ¡La noche más oscura envolvió a nuestras mentes y teníamos que creer que esas tinieblas eran la luz resplandeciente de Dios! Hicimos el acto más degradante que un hombre puede hacer. Callamos la voz de nuestra conciencia y consentimos en seguir las opiniones de nuestro superior, así como el bruto sigue las órdenes de su amo.

Durante los meses antes de mi ordenación, hice todo en mi poder para aniquilar mis pensamientos sobre este tema; pero para mi asombro, cuando llegó el momento para perjurarme, un escalofrío de horror y vergüenza corrió por mi cuerpo a pesar de mí mismo. En el interior de mi alma, mi conciencia herida clamaba: ¡Has aniquilado la Palabra de Dios! ¡Te rebelas contra el Espíritu Santo! ¡Niegas las Santas Escrituras para seguir los pasos de hombres pecaminosos! ¡Rechazas las aguas puras de la vida eterna para beber las aguas lodosas de la muerte!

Para sofocar nuevamente a la voz de mi conciencia, hice lo que me aconsejó mi Iglesia: clamé a mi dios oblea y a la bendita Virgen María que vinieran a socorrerme y callaren las voces que perturbaban mi paz y sacudían mi fe.

Con toda sinceridad, el día de mi ordenación, renové la promesa que ya había hecho tantas veces y dije en presencia de Dios y sus ángeles: —Yo prometo que nunca creeré nada, excepto según las enseñanzas de mi Santa Iglesia Apostólica Romana.

Acosté mi cabeza en esa almohada de necedad, ignorancia y fanatismo para dormir el sueño de muerte espiritual con los millones de esclavos que el Papa tiene a sus pies. Dormí ese sueño hasta que el Dios de nuestra Salvación, en su grande misericordia, me despertó, dando a mi alma la luz, la verdad y la vida que están en Jesucristo.