
Casi todos los días, los medios de comunicación publican historias sobre Israel y los palestinos. Uno de los grandes temas es que Israel entregue parte de la tierra del pacto a cambio de paz. Esta tierra incluiría parte de Jerusalén, la sección que contiene el sitio del antiguo Templo. Israel ha sido presionada a ceder tierra por “paz” desde la Declaración Balfour de 1917. El Dr. Gary Frazier ha escrito un excelente artículo sobre este tema. A continuación presentamos parte de su artículo.
Nota: El Dr. Gary Frazier de Discovery Ministries, Arlington, Texas, (garyfrazier.com) proporciona el siguiente material de su folleto En el Rompecabezas Árabe/Israelí—Hecho Histórico vs. Falacia. (2001)
Según los palestinos, el verdadero problema es su deseo de tener una patria, un Estado, en lo que hoy es Israel, y control sobre los lugares que consideran sagrados en Jerusalén Este. Dicen que quieren recuperar la tierra que supuestamente les fue arrebatada en la Guerra de los Seis Días de 1967. Esto ciertamente suena lo suficientemente razonable. De hecho, tanto, que muchos israelíes apoyan un acuerdo de paz que incluya estos puntos. Dicho esto, ¿es realmente esto lo que quieren los palestinos, o en realidad desean la exterminación de Israel y el control de todo lo que hoy conocemos como Israel?
El odio, la ira y la violencia contra ciudadanos judíos exponen el objetivo verdadero. Un objetivo que podrían intentar alcanzar es un Estado. El objetivo verdadero, nunca lo lograrán. ¿Cómo puedo decirlo con tanta certeza? ¡Porque Dios así lo ha dicho! Por cierto, en caso de que se haya olvidado, Israel no tomó la tierra de los palestinos en 1967. Nadie lo menciona, pero Jordania, Siria y Egipto controlaban la tierra que Israel ganó. Los palestinos nunca controlaron ese territorio. Por lo tanto, si la tierra se devolviera, tendría que ser a Jordania, Siria y Egipto. Sin embargo, debo decir aquí, para mostrar cómo los israelíes quisieron fomentar la buena voluntad tras la Guerra de los Seis Días, que Israel cedió el control y la administración del área del Monte del Templo a los musulmanes. El general Moshe Dayan aún no ha sido perdonado por muchos israelíes por este acto de diplomacia pacifista ilusoria.
Durante todo el período de la historia registrada, es decir, más de 5.000 años, los árabes palestinos nunca gobernaron Palestina. Quiero repetirlo debido a que los medios nunca lo mencionan. El hecho es que la única presencia constante en la tierra ha sido una presencia judía desde el nacimiento de Isaac. El número de judíos pudo haber sido mínimo en ocasiones, pero permanecieron, sin importar qué. Además de los judíos, estuvieron los soldados de las fuerzas ocupantes y sus esclavos. Siglo tras siglo la cultura, el tejido social y la identidad de estos habitantes cambiaron conforme cambiaban los poderes dominantes. Sólo la presencia judía se mantuvo constante como los únicos sobrevivientes en la tierra, y ellos solos han conservado un vínculo nacional ininterrumpido desde Abraham e Isaac.
En la discusión mundial actual respecto a la tierra de Israel, nadie parece mencionar el hecho de que el reclamo judío sobre la tierra se remonta 4.000 años, con siglos llenos de vida nacional vital y consistente, apoyada por pruebas bíblicas y arqueológicas. Durante 3.000 años Jerusalén fue la capital de la nación hebrea. La evidencia histórica y arqueológica es irrefutable. El rey David compró legalmente el área de 35 acres conocida hoy como el Monte del Templo, actualmente señalada como el centro de la disputa, a Arauna el jebuseo (2 Samuel 24:21-24). Este mismo pedazo de tierra se convirtió en el sitio tanto del Primer como del Segundo Templo en Israel; el centro de la vida e identidad judías, 1.700 años antes de que nadie hubiera oído del Domo de la Roca (687–691 d. C.) o de la mezquita de Al Aksa.
Zacarías, al desplegar el escenario profético de la gran liberación de Israel por parte de Dios al final de los tiempos, dijo: “En aquel día pondré a los gobernadores de Judá como un brasero de fuego entre la leña, y como una tea de fuego en gavillas; y consumirán a derecha y a izquierda a todos los pueblos alrededor: y Jerusalén será otra vez habitada en su lugar, en Jerusalén.” (Zacarías 12:6). Esta última frase en el texto hebreo original simplemente dice que Jerusalén habitará donde Jerusalén siempre estuvo.
Aunque hubo comunidades árabes dispersas en el territorio del Israel bíblico durante los últimos cientos de años, nunca existió una nación llamada Palestina gobernada por pueblos locales. Entonces, ¿quiénes son los verdaderos palestinos? La historia registra que todos los habitantes de la tierra llegaron a ser conocidos como palestinos, ya que ése era el nombre del territorio, e incluso los judíos fueron llamados palestinos hasta 1948. De hecho, los primeros pioneros judíos que se unieron a los que ya estaban en la tierra a principios del siglo XX llevaban luego tarjetas de identidad palestinas emitidas por los británicos, hacia 1918, como sus pasaportes provisionales. Esto se hizo hasta 1948, cuando todos los residentes del área se convirtieron en ciudadanos israelíes, tanto judíos como árabes.
Es interesante que durante la Segunda Guerra Mundial, el ejército británico reclutó y operó una Brigada Palestina compuesta enteramente por tropas judías. La Sinfónica Palestina era 100% judía, y el Palestine Post (que luego se convertiría en el Jerusalem Post) era un periódico totalmente judío. El punto es este: ser palestino no tenía ninguna relación con la nacionalidad, religión o origen étnico. Simplemente señalaba la ubicación geográfica de la residencia de una persona y nada más.
Los palestinos actuales son descendientes de árabes que llegaron a Palestina, en su mayor parte, sólo en los últimos doscientos años. ¿Por qué vinieron desde las regiones árabes? La respuesta es económica. Los árabes inundaron Palestina buscando empleos proporcionados por los desarrollos comerciales judíos, que comenzaron a fines del siglo XIX. El mito de una Palestina árabe nacional que se remonta por generaciones es una fantasía y un mito, además de una mentira absoluta. No hay hechos históricos que documenten estas afirmaciones. Debo apresurarme a añadir que hay algunos clanes árabes que pueden rastrear raíces de muchas generaciones, pero representan sólo una fracción muy, muy pequeña de la población árabe de hoy.
Palestina nunca fue una nación árabe establecida que los sionistas judíos les arrebataron. Permítanme repetirlo: Palestina nunca fue una nación árabe establecida que los sionistas judíos les arrebataron. La verdad es que las familias árabes que vinieron a trabajar a la tierra nunca sintieron lazos políticos con la tierra porque siempre habían existido bajo la ocupación de algún poder extranjero. Por esta razón, tanto la Declaración Balfour de 1917 como el Mandato de la Liga de las Naciones tras la Primera Guerra Mundial encargaron a la población judía en Palestina garantizar los derechos civiles y religiosos de las minorías en la tierra. Estas declaraciones reconocían claramente que el único reclamo nacional sobre la tierra era el de la población judía.
De hecho, los propios árabes, en el primer cuarto de siglo, reconocieron la tierra como el hogar de los judíos y expresaron, en general, una aceptación muy cordial. Esto quedó claramente demostrado en el acuerdo del 3 de enero de 1919 entre el Emir Faisal de Arabia y el Dr. Chaim Weizmann, jefe de la Organización Sionista Mundial. El Emir, un respetado portavoz de los árabes en ese momento, habló con mucho favor respecto de la futura cooperación entre los recién delineados Estados árabes y el futuro Estado judío. En el Artículo I el Emir dijo: “Los Estados árabes y Palestina (el Estado judío), en todas sus relaciones y compromisos, estarán regidos por la más cordial buena voluntad y entendimiento.” El Emir identificó y dio la bienvenida al surgimiento de una nación judía en Palestina paralela al surgimiento de naciones árabes en la región como Siria, Jordania, Líbano, Irak, Irán, etc., bajo los mandatos británicos y franceses. El 3 de marzo de 1919, en una carta a Felix Frankfurter, juez de la Corte Suprema de EE. UU., el Emir afirmó: “Los árabes, especialmente los educados entre nosotros, miran con la más profunda simpatía el Movimiento Sionista. Nuestra delegación aquí en París está plenamente familiarizada con las propuestas presentadas ayer por la Organización Sionista a la Conferencia de Paz y las consideramos moderadas y adecuadas. Haremos todo lo posible en lo que a nosotros respecta para ayudar a su consecución; ofreceremos a los judíos una cordial bienvenida a casa. ... Creo que ninguno puede tener éxito sin el otro.”
Desafortunadamente, estos sentimientos no duraron mucho.
En 1947 a los árabes se les ofreció su propio Estado junto al área que sería concedida a Israel. La respuesta del musulmán fue que nunca vivirían en paz con los judíos y que los arrojarían al Mediterráneo.
El 15 de mayo de 1948, apenas un día después de la Declaración de Independencia de Israel, cinco naciones árabes atacaron al Estado naciente. Téngase en cuenta que había sólo 675.000 judíos en Israel frente a más de 50 millones de musulmanes árabes. Las naciones musulmanas llamaron a los residentes árabes del área a apartarse en vista de la inminente invasión, prometiéndoles una rápida derrota de los judíos y la oportunidad de saquear propiedades y hogares judíos tras su victoria. Sin embargo, el mundo musulmán olvidó un elemento esencial: no estaban luchando contra el diminuto Estado judío, estaban luchando contra el mismo Dios, que estaba en proceso de cumplir Su palabra pronunciada hacía mucho por los antiguos profetas.
Tras ocho meses de combate se estableció un alto el fuego y los árabes que huyeron ya no pudieron regresar a sus propiedades abandonadas voluntariamente. Algunos fueron expulsados por los judíos durante los combates. Este fue el comienzo del problema de los refugiados palestinos o la “Calamidad del Palestino”, como la llaman los medios. Tras la Guerra de Independencia, Jordania tomó el control de la región de Judea y Samaria en la ribera occidental del río Jordán, que se extiende hasta Jerusalén. Egipto controló igualmente la región de la Franja de Gaza así como el Sinaí.
La población árabe palestina, muchos viviendo en sus propios pueblos y algunos en campos de refugiados construidos por la ONU, quedó bajo la autoridad de los países vecinos árabes musulmanes amistosos. La ironía era que ahora estaban en el mismo territorio que se les había asignado como su Estado por la Resolución 181 de la ONU de 1947, que les había repartido un Estado junto al Estado judío. ¡Era el mismo territorio que habían rechazado, prefiriéndolo todo! ¡No era demasiado tarde! En ese momento todavía podían haber exigido su propio Estado, pero no lo hicieron. La pregunta es ¿por qué? ¿Por qué no reclamaron la tierra como su Estado? Para entenderlo, hay que comprender algo de la mentalidad musulmana (hablaré más de esto después). El islam es una religión no tolerante y no puede coexistir pacíficamente con ninguna otra religión. Por lo tanto, en lugar de vivir junto a un Estado judío en paz, las naciones musulmanas optaron por usar al pueblo palestino como peones para obtener simpatía, manipulación política y ganancia económica.
Los países musulmanes vecinos decidieron mantener a esta gente encerrada en una prisión de política sucia y abuso, sin darles oportunidad de progreso económico, educación o un futuro con verdadera esperanza. Repito: fueron las naciones musulmanas las que le hicieron esto a su propia gente, usándolos para engañar al mundo y presionar a Israel a hacer concesiones. Personalmente vi algunos de estos campos de refugiados. La suciedad, la miseria y las condiciones generales eran, por decir lo menos, espantosas. Los países musulmanes vecinos podían haber aliviado ese sufrimiento, si así lo hubieran deseado.
En junio de 1967, Israel, al enterarse de un ataque inminente de sus enemigos, entró en guerra después de 19 años de escaramuzas continuas y actos de terrorismo perpetrados contra ella por los musulmanes. El resultado de la Guerra de los Seis Días fue que Israel obtuvo el control del Valle del Jordán y Cisjordania, la Ciudad Vieja de Jerusalén, los Altos del Golán, la Franja de Gaza y el Sinaí. Israel incrementó su superficie de 8.000 millas cuadradas a 26.000 millas cuadradas. Durante la guerra, los refugiados del Valle del Jordán huyeron a través del río Jordán hacia Jordania y los del Golán huyeron a Siria, mientras que la mayoría en la Franja de Gaza y el Sinaí huyeron a Egipto. Tristemente, no fueron recibidos y, en lugar de ser aceptados, se convirtieron en la clase más baja entre la población.
Personalmente siento gran dolor por los árabes palestinos. Se les ha alimentado con una dieta constante de odio, ira y venganza. Se les ha dicho que los judíos son responsables de todos sus problemas y que la respuesta es matar a tantos como sea posible, al costo que sea. El mundo musulmán opera con el mismo sistema que muchos revisionistas históricos en Estados Unidos hoy, y es que, ¡si repites una mentira lo suficiente, se convierte en verdad!
Hoy el mundo clama por un Estado palestino. Lo increíble es que este mito ha sido y está siendo difundido por personas que deberían saber más. Es increíble que este Estado mítico ya haya sido reconocido por la ONU y se le haya otorgado estatus de observador. Sorprendentemente, este Estado mítico tiene un presidente reconocido, Yasser Arafat (aunque nunca elegido), y se le ha concedido estatus de embajada en varias naciones. Además, muchas naciones están prometiendo millones de dólares en apoyo financiero. Volvamos de nuevo a 1947. Gran Bretaña había hecho dos conjuntos de promesas territoriales durante la Primera Guerra Mundial. Una promesa a los judíos; una segunda a los musulmanes.
Los británicos procuraron cumplir su promesa a los musulmanes mientras violaban repetidamente las hechas a los judíos. Era claro para todos que se favorecía a los árabes, pues se tallaron casi veinte nuevos Estados árabes del antiguo Imperio Turco mientras que, al mismo tiempo, la masa de tierra prometida a los judíos se reducía dramáticamente. De la tierra originalmente prometida a Israel, sólo una quinta parte se otorgó realmente, mientras que el otro 78 por ciento se entregó a lo que hoy es Jordania. Sin embargo, pese a esta obvia retractación tanto de la promesa británica como de la de la Liga de las Naciones, los israelíes aceptaron esto. Aun con la disposición de Israel de aceptar esta pequeña porción, la paz no llegó y los musulmanes atacaron. No obstante, la pregunta que surge es: “¿Por qué los británicos se retractaron de su promesa?” La respuesta es la siguiente. Durante la década de 1930, cuando Adolf Hitler estaba llegando al poder en Alemania, cerca de 100.000 judíos alemanes huyeron a lo que entonces era Palestina. A la población musulmana no le gustó este gran influjo de judíos y comenzó campañas asesinas anti-judías que duraron unos tres años. Los británicos, ansiosos por ganar el apoyo de la población musulmana contra los nazis, detuvieron la inmigración judía. Europa los estaba matando, Estados Unidos aceptaría un número limitado, y ahora Palestina también les estaba cerrada. El liderazgo judío exigió el fin de este bloqueo hacia Palestina.
Debido a que más de seis millones de judíos fueron masacrados por los nazis (una verdad histórica negada por algunos musulmanes), los líderes judíos exigieron el fin del Mandato Británico y su propio Estado. Los musulmanes igualmente querían a los británicos fuera, pero en su lugar exigieron que toda el área de Palestina fuera una sola nación con mayoría árabe. Este asunto fue intensamente debatido en las recién formadas Naciones Unidas y la votación fue a favor de un Estado judío. Sin embargo, había numerosos problemas con el territorio propuesto, ya que comprendía sólo el 22% de la tierra originalmente prometida. Además, fue luego repartido en dos Estados, uno judío y uno árabe.
El área destinada al Estado judío estaba compuesta por tres regiones desconectadas, en gran parte desérticas, con más de 600 millas de frontera indefendible. Se quitaron la Judea bíblica, Samaria, Gaza y gran parte de Galilea. La Ciudad Vieja de Jerusalén misma iba a convertirse en una ciudad internacional dentro del Estado palestino. Tan desgarrador como esto fue para el pueblo judío, el liderazgo aceptó este plan de la ONU y el 14 de mayo de 1948 David Ben Gurion leyó la Declaración de Independencia del nuevo Estado de Israel. Este compromiso, esta increíble concesión, aun así no trajo la paz deseada.
Los árabes rechazaron el Plan de Partición exigiendo toda la tierra. Por lo tanto, el 15 de mayo los ejércitos del Líbano, Jordania, Siria, Egipto e Irak, junto con contingentes de varios otros países musulmanes, atacaron al Estado de un día de existencia. El Gran Muftí de Jerusalén, tío de Yasser Arafat, fue citado declarando: “¡Declaro la yihad (guerra santa), mis hermanos musulmanes! ¡Maten a los judíos! ¡Mátenlos a todos!”
La historia revela que este intento malvado de aniquilar a los judíos fracasó. Recuerde esto: lo que Dios promete, Dios lo cumple. Dios había prometido un retorno a la tierra y, por ello, Dios iba y va a preservar a los judíos en la tierra hasta que Jesús venga. Tras casi un año, la guerra terminó, pero sin reconocimiento por parte del mundo musulmán del derecho de Israel a estar en la tierra. Jordania procedió a anexar Judea, Samaria y Jerusalén Este como suyas. El resultado obvio serían años de odio, con estas áreas convirtiéndose en criaderos desde los cuales lanzar ataques terroristas contra ciudadanos israelíes. La ironía fue que ahora, en lugar de que los palestinos tuvieran su propio Estado, los jordanos y los egipcios ocuparon y controlaron la tierra que se les había ofrecido. ¡Los palestinos quedaron aislados en campos de refugiados y mantenidos como un pueblo subyugado por sus propios parientes!
¡La fórmula de “tierra por paz” nunca ha funcionado y nunca funcionará! La verdadera motivación detrás de la búsqueda de un Estado palestino moderno es la exterminación de los judíos. Si esto no fuera cierto, entonces responda: “¿Por qué deben los musulmanes tener este diminuto pedazo de tierra, cuando hay 32 naciones musulmanas con una superficie más de 672 veces el tamaño de Israel y con reservas ilimitadas de petróleo?” Las naciones musulmanas son más del doble del tamaño de Estados Unidos, mientras que Israel cabría en la península entre Orlando y Miami, Florida. Otra ilustración es que Israel no es más grande que el estado de Nueva Jersey. A pesar de todo, la motivación es demoníaca y entregar más tierra no resolverá ni pondrá fin al conflicto. Por cierto, es hipócrita que Estados Unidos insista en que los judíos entreguen su tierra, a menos que los estadounidenses estén dispuestos a devolver América a los indios.
Jerusalén ha sido, es y seguirá siendo el gran escollo en cualquier intento de paz. Debe notarse y entenderse que Jerusalén nunca fue una capital árabe, musulmana o palestina. Jerusalén ha sido una ciudad ocupada desde el 63 a. C. Jerusalén no fue más que una ciudad provincial bajo control extranjero que desempeñó prácticamente ningún papel económico, social o político en la región desde su destrucción bajo Tito en el año 70 d. C. Dicho esto, debo apresurarme a añadir que Jerusalén se menciona en la Biblia más de 800 veces y ha estado en el corazón de la vida judía por más de 3.000 años. En contraste con este hecho, Jerusalén no es mencionada ni una sola vez en el Corán, el libro sagrado musulmán. Repito: ¡la ciudad de Jerusalén no es mencionada ni una sola vez en el Corán!
En cuanto a la idea de que Jerusalén Este sea la capital de un Estado palestino, hay que recordar que no existía Jerusalén Este hasta que los jordanos anexaron ilegalmente esta área en 1948 y expulsaron a todos los judíos. Además, los musulmanes comenzaron el proceso de destruir sistemáticamente todos los lugares sagrados judíos y cristianos, intentando borrar las mismas raíces de la historia judía de los últimos 3.000 años.
Los musulmanes hablan a menudo de sus lugares santos en Jerusalén. ¡El hecho es que no hay ninguno! Entonces, ¿cómo llegó Jerusalén a ser la llamada tercera ciudad más sagrada del islam después de La Meca y Medina? En el Corán, la Sura 17:1 habla de Al Aksa que, según Alfred Guillaume, un investigador del islam, se traduce como “la mezquita más lejana”, y no se refiere a Jerusalén sino a una mezquita en al-Girana, en las afueras de Medina. Debe señalarse que cuando se escribió esta Sura no había ninguna mezquita en Jerusalén en el Monte del Templo llamada Al Aksa ni nada parecido. Supuestamente, desde este lejano lugar Mahoma ascendió al cielo en su caballo alado, El Baruk.
Esta historia proviene de la Sura 17 del Corán y dice: “desde el templo sagrado hasta el templo que está más remoto, cuyo recinto hemos bendecido para mostrarle nuestras señales.” Como resultado de este supuesto evento, Jerusalén y, en particular, el Monte del Templo, se han vuelto sagrados para el islam. Sin embargo, tenga en cuenta que no hay más evidencia que apoye esta historia que la que existe de que ¡la ciudad de Nueva York fue el lugar! Por cierto, el Domo de la Roca, construido por Abd al-Málik entre 687 y 691 d. C., fue erigido en el lugar del Templo judío. La mezquita de Al Aksa fue construida por el califa Walid, hijo de Málik, entre 709 y 715, y fue edificada sobre la base de una iglesia bizantina y aún sigue las líneas generales de una basílica.
¿Cuál es el punto, se pregunta? Sencillo: los musulmanes no tienen un reclamo válido sobre ningún sitio en Jerusalén, ya que ambos lugares están ubicados en lugar de antiguos sitios judíos y cristianos, que anteceden al islam por cientos de años. Además, debe señalarse que no existe absolutamente ninguna evidencia histórica de que Mahoma haya visitado Jerusalén antes de su muerte en el año 632 d. C.